domingo, 14 de marzo de 2010

El perro del bosque nevado

Caminaba sin rumbo por el bosque. Estaba todo nevado. No sabía porqué, pero a cada paso que daba, algo me decía que no mirara atrás, que continuara caminando...sentía que iba a encontrar algo extraordinario. Aquella sensación era cada vez más fuerte. De repente, sentí que algo se movía detrás de mí. Me giré esperando no ver nada, pero...Lo vi. Había una espécie de lobo que me observaba. Tenía los ojos azules como el hielo y el pelo blanco y negro. Era el perro más bonito que había visto nunca. El perro empezó a llorar. No pude resistirlo y lo abrazé. No sabía porqué. Quizás porque me entristecía su llanto o porque era precioso. El perro dejó de llorar. Yo desice el abrazo y le miré. El perro se alejó un poco y una luz lo envolvió. La luz se hizo tan intensa que tuve que cerrar los ojos. Cuando los abrí, me quedé asombrada. En lugar del perro, había un chico muy apuesto con unos ojos azules como el hielo.


-Gracias. Soy Kiran.


-Yo soy Arabela, pero como...


-Es difícil de explicar.

viernes, 8 de enero de 2010

La oscuridad

Voy a contaros una historia. Me llamo Aline. Una vez me adoptó un hombre, me llevó a su casa del bosque. El hombre era extraño, era muy solitario, entonces...¿Por qué me adoptó? Me cuidó como si fuera su hija, me enseñó todo lo que sabía sobre plantas, animales etc. Entonces, cuando ya lo supe todo, me dijo: "Ve al bosque pequeña". Como me dijo fui al bosque. Allí, empecé a notar como los matorrales se movían a mi paso, como si algo me acechara. Tras caminar largo rato, algo me atacó y luego le siguieron más. Entre las sombras que me envolvían le vi a él. Me miraba y se reía de lo que estaba ocurriendome. Las sombras me arañaban y me hacían heridas graves. No pude evitar que las lágrimas resbalaran por mis mejillas. Otra vida destrozada, otro padre falso que me había abandonado,...otro engaño más, todas las veces que me dijo que sería la última vez que cambiaría de casa no mentía. Iba a morir. Sin embargo, las veces que me decía que me quería mucho y que nunca dejaría que me pasara nada...mentía. Fue tal la rabia que sentí que, no sé como ni porqué, empecé a brillar como una estrella, ahuyentando a las sombras. El hombre dejó de reír, su rostro era más bien preocupado. ¿Acaso me había muerto y brillaba porque era un ángel? Y si era así, ¿porqué no tenía alas? La lluvia empezó a caer, pero mi brillo no se apagó. Al ver su reacción asustadiza, di un paso hacia adelante, y él salió corriendo. Vi como se alejaba otro padre más, vi como la tierra le ensuciaba la ropa y lo último que vi de aquel hombre solitario, fue como las sombras se le echaban encima y desaparecía entre ellas. De repente, la oscuridad lo invadió todo, y solo yo brillaba en ella, con aquella luz resplandeciente. Todo lo demás...era oscuridad.

jueves, 19 de noviembre de 2009

La luz de Adile

En cuano formuló el primer hechizo, una luz chispeante salió de sus dedos y luego, se desvaneció. Así sucesivamente hasta que ya no pudo más. "Soy una maga" se decía a sí misma. Aunque solamente era una aprendiza de hechizera, era muy habilidosa. Probó con otro hechizo: el de invocar a una estrella. "Saevam, traevam, ictus pictus thomrae, guronectus sanerectus o mai estelerectus, dae thom ei, istrela dun la fir". En un resplanor la estrella se presentó ante ella. Era joven y tenía el pelo ondulado y largo hasta media espalda; sus ojos eran de un color zafiro como nunca había visto antes. "¿Que quieres de mi?"preguntó la estrella. "Quiero que busques la luz de Adile y se la devuelvas" le respondió la joven maga. "Bien sabes mortal, que una luz como la de Adile no se encuentra fácilmente" le explicó la estrella. "Y si te dijera donde esta...¿La irías a buscar?"preguntó la chica. "Claro que sí mortal"respondió la estrella. "Entonces ve, y encuentra la luz de Adile".

sábado, 24 de octubre de 2009

El pájaro de fuego

El cansancio me ganaba. Debía seguir adelante aunque, mis pies, congelados por la nieve y descalzos, ya no respondían. ¿Qué había hecho yo para merecer eso? Al no poder seguir adelante, me refugié de la tormenta de nieve en una pequeña aunque acogedora cueva. Me estiré en su suelo y entonces noté que estaba caliente. "Es estraño pero al menos no tendré frío" pensé. Se estaba tan bien allí que me dormí. A medianoche me levanté alterada, la tormenta había cesado y, ahora el cielo estaba estrellado. Otra vez ese ruido. Una espécie de aleteos y graznidos al final de la cueva. Me levanté y avanzé hasta allí. Me quedé sorprendida de que la cueva continuara y estuve a punto de retroceder y volver al pueblado, pues el graznido era más fuerte. Al girar la esquina, un destello de luz me eslumbró tan intesamente que tue que cerrar los ojos. Cuando pude abrirlos me quedé maravillada. Un enorme pájaro de fuego se alzaba ante mí, mirándome estrañado. Estaba encadenado y dudé si soltarle o no. Al final la hice, liberé al hermoso fénix y este me hizo una espécie de reveréncia en señal de agradecimiento y entonces, echó a volar. En ese mismo instante en que el fénix levantó las patas, el calor de la cueva desapareció.

martes, 1 de septiembre de 2009

Observando el horizonte

En el espigón de Hembund, una chica miraba pensativa el mar. Se llamaba Elle y tenía 15 años. A los 5, vió partir a su padre desde aquel mismo punto. Sin embargo "El Galán" (el barco de su padre) no había vuelto a puerto. Los recuerdos le llegaban con las olas, como si los arrastrara la marea y fueran a parar a su memória. Casi todos eran noches frías y oscuras en las cuales, después de un buen chocolate caliente, ella se iba a dormir. En cambio su madre se quedaba despierta en el sillón esperando a su marido que, como cada noche, nunca volvía. O las noches de verano en las que su madre se quedaba en el balcón de su habitación observando el mar por si algunas velas blancas aparecían en la lejanía. Antes de ir a dormir, Elle se sentaba a las faldas de su madre y, con ella, oteaba el horizonte. Aunque cada noche era lo mismo. Ni siquiera un barco aparecía. Por eso había aprendido a observar el mar, a obserbarlo bien. De repente unas velas blancas aparecieron, y el nombre "El Galán", resaltaba en la pintura.

El unicornio de Claire

El día que el abuelo de Claire murió, le dió un collar. En él, colgado, había un unicornio de plata. "Cada vez que te pierdas, coge el colgante con todas sus fuerzas, grita UNIPLATACORNIO y algo acudirá en tu ayuda. Solo debes usarlo cuando sea una emergencia, y recuerda que solo tu podrás ver eso que acuda a salvarte, la demás gente solo verá una niña caminando alegremente". Eso fue lo que su abuelo le dijo. Tras el triste entierro, fue al bosque, al cual solía ir con su abuelo.Caminó un largo rato hasta que un ruido creciente entre los matorrales la alteró. Una manada de lobos hambrientos persiguieron a Claire, hasta que ella se acordó del collar. Lo cogió con todas sus fuerzas y grito "¡UNIPLATACORNIO!". El collar empezó a brillar con fuerza hasta que e un destello de luz, un unicornio blanco apareció delante de ella, asustando así a los hambrientos animales que fueron a buscar comida a otra parte. Claire no podía salir de su asombro, ¡El unicornio había salido del collar! El simpático animal la llevó hasta la salida del bosque y allí, en otro destello de luz, el unicornio entro en el collar de Claire. Ella lo guardóa siempre y el unicornio siempre acudió al rescate cuando ella más lo necesitaba.

El hombre desafortunado

Caminaba sin parar en la oscuridad de la noche. No sabía si saldría de allí. La oscuridad empezó a substituirse lentamente por un bonito amanecer que iluminó su cara. Hacía tiempo que se ocultaba en el bosque. La razón de que estuviera allí era una serie de infortunios que habían provocado que en cada rincón de la ciudad hubiera un cartel de busca y captura buscándole. Anteriormente, él no solía tomarse las cosas muy en serio, pero ahora que todos los habitantes de Simlerburg le buscaban, veía las cosas con más seriedad. "Vivo o muerto", eso es lo que ponía en los carteles bajo una foto suya. Había tenido que abandonar su hogar y su família con una sola carta dando explicaciones de su partida. El era un pobre hombre desafortunado, pero las cosas tan insignificantes como ese amanecer, el cual contemplaba con mucha atención, le hacían recordar que la vida es bella y hay que vivirla.